En la República Dominicana actual, la clase política ha invertido la escala de valores: se piensa más en el costo político que en la necesidad social. Las decisiones ya no se toman en función del bienestar del pueblo, sino calculando fríamente cuántos votos se pueden perder o ganar. Lo que debería primar es la vida, la seguridad y la tranquilidad de los dominicanos, pero eso ha pasado a segundo plano frente al temor de perder popularidad o poder.

El resultado es dolorosamente claro: el voto vale más que la vida del pueblo. Se toleran injusticias, se evitan medidas necesarias y se mantienen situaciones que generan sufrimiento solo porque “políticamente no conviene”. Mientras tanto, el dominicano de a pie sigue cargando con la inseguridad, la carestía y la incertidumbre diaria. Es hora de exigir que nuestros líderes dejen de gobernar con la calculadora electoral en la mano y empiecen a hacerlo con el corazón puesto en la patria y en el pueblo que juraron servir.