La existencia de una versión en acción real de Moana plantea una pregunta inevitable antes incluso de que comience la película: ¿era realmente necesaria? El filme animado original se estrenó en 2016, sigue teniendo una enorme presencia dentro de la cultura popular y todavía se siente visual, musical y narrativamente vigente. Ni siquiera ha transcurrido el tiempo suficiente para que una nueva generación necesite descubrir esta historia bajo otra forma. Disney, sin embargo, parece haber abandonado hace años la idea de que sus remakes deben justificar su existencia artísticamente. La nostalgia, el reconocimiento de marca y la seguridad comercial son razones suficientes.
Eso no significa que esta nueva Moana sea una mala película. Dirigida por Thomas Kail, conocido principalmente por su trabajo en Hamilton, la adaptación es entretenida, sincera y emocionalmente efectiva. Conserva las canciones, los personajes y prácticamente todos los momentos importantes del filme animado. También cuenta con un elenco carismático y con una producción que busca respetar la cultura polinesia representada en la historia. El problema es que esa fidelidad absoluta termina siendo al mismo tiempo su principal virtud y su mayor limitación.

La historia vuelve a seguir a Moana, una joven destinada a convertirse en la próxima líder de la isla de Motunui. Su padre, el jefe Tui, intenta prepararla para asumir esa responsabilidad y mantenerla dentro de los límites de una comunidad que ha aprendido a vivir sin aventurarse más allá del arrecife. Moana, sin embargo, siente desde pequeña una atracción irresistible por el océano, una conexión que la película presenta casi como un llamado espiritual.
Cuando la vegetación comienza a enfermar y los peces desaparecen de las aguas cercanas, Moana descubre que su pueblo no siempre permaneció aislado. Sus antepasados fueron navegantes capaces de explorar enormes distancias, y el deterioro de la isla está relacionado con el corazón perdido de la diosa Te Fiti. La única esperanza consiste en encontrar al semidiós Maui y convencerlo de devolver aquello que robó siglos atrás.
No existen grandes cambios en relación con el argumento de la película animada. Esta versión vuelve a reproducir las mismas escenas, los mismos conflictos y muchas de las mismas bromas. Incluso la estructura dramática permanece prácticamente intacta. Para quienes aman el original, esa fidelidad puede resultar reconfortante. Para quienes esperaban una nueva lectura del material, la experiencia puede sentirse innecesariamente familiar.
Catherine Laga’aia carga con la responsabilidad de interpretar a un personaje que ya posee una identidad muy definida en el imaginario de Disney. Su trabajo es uno de los mayores aciertos de la película. La actriz transmite determinación, vulnerabilidad y una energía natural que evita que Moana se convierta en una simple imitación de su versión animada. Su sonrisa, su lenguaje corporal y su capacidad para sostener los momentos emocionales permiten que el personaje conserve su espíritu mientras adquiere una presencia más humana.
La relación con su abuela Tala vuelve a ser el centro emocional de la historia. Rena Owen interpreta al personaje con una mezcla de sabiduría, humor y ternura que hace que sus escenas con Moana sean algunas de las más conmovedoras del filme. El vínculo entre ambas funciona porque no se limita a transmitir información sobre el pasado. La abuela representa la memoria cultural, la intuición y la libertad que Moana todavía no se atreve a reconocer dentro de sí misma.
Dwayne Johnson regresa como Maui, esta vez físicamente, después de haber prestado su voz al personaje original. El actor conoce perfectamente al semidiós y parece disfrutar cada momento frente a la cámara. Su carisma continúa siendo esencial para que la arrogancia del personaje resulte divertida en lugar de insoportable. Johnson exagera su presencia, sus gestos y su energía, pero esa intensidad es coherente con un personaje que necesita ser el centro de atención incluso cuando nadie se lo ha pedido.
La caracterización física de Maui, sin embargo, no siempre funciona. La peluca, el vestuario y algunos elementos del maquillaje producen una apariencia extraña, especialmente durante las primeras escenas. Existe una dificultad inevitable al trasladar a un personaje de proporciones caricaturescas al cuerpo de un actor real. Johnson compensa esas limitaciones con personalidad, pero la película nunca consigue que Maui se sienta completamente integrado dentro del mundo visual que lo rodea.
La química entre Laga’aia y Johnson sostiene buena parte del relato. Moana no se deja intimidar por el semidiós y la actriz logra responder a su enorme presencia con ironía y seguridad. La evolución de ambos personajes, desde la desconfianza hasta una amistad basada en el respeto, sigue funcionando porque el guion original ya poseía una estructura emocional muy sólida.
Las canciones compuestas por Lin Manuel Miranda continúan siendo uno de los grandes atractivos. “How Far I’ll Go” mantiene su capacidad para expresar el conflicto interno de Moana entre la responsabilidad familiar y su necesidad de descubrir quién es realmente. Laga’aia interpreta el tema con emoción y suficiente personalidad para no quedar atrapada bajo la sombra de Auli’i Cravalho.
“You’re Welcome” recibe una puesta en escena más cercana a un gran espectáculo musical. Thomas Kail utiliza la experiencia adquirida en Broadway para convertir el número en una celebración de la personalidad de Maui. Johnson canta, baila y utiliza el remo de Moana como si fuera el micrófono de una estrella de rock. Es uno de los pocos momentos donde la adaptación permite alejarse de la composición visual del original y encontrar una identidad propia.
La aparición de Tamatoa también conserva su capacidad para sorprender. Jemaine Clement vuelve a interpretar al enorme cangrejo obsesionado con los objetos brillantes y su número musical continúa siendo uno de los momentos más extravagantes de la historia. La combinación entre efectos digitales, iluminación y diseño convierte la secuencia en una explosión visual que aprovecha mejor las posibilidades de esta nueva versión.
El mayor problema aparece precisamente en el apartado visual. La película fue rodada en localizaciones naturales de Hawái y cuenta con escenarios impresionantes, pero gran parte de la fotografía adopta el aspecto desnutrido que se ha vuelto habitual en muchas superproducciones contemporáneas. El océano, las islas y la vegetación deberían transmitir una vitalidad extraordinaria. Sin embargo, los colores rara vez poseen la intensidad del filme animado.
Esta comparación puede parecer injusta, pero es imposible evitarla cuando la nueva película reproduce casi exactamente cada momento de la anterior. La animación utilizaba el color, la luz y el movimiento para convertir el océano en un personaje. En la adaptación, el agua sigue teniendo conciencia propia mediante efectos digitales, pero pierde parte de aquella expresividad. El realismo limita en ocasiones la magia que debería ampliar.
Thomas Kail intenta compensarlo mediante el uso de primeros planos. Los rostros humanos permiten observar emociones que en la animación deben expresarse de otra manera. La cámara se acerca a Moana durante sus dudas, a su madre durante las despedidas y a su abuela en los momentos de mayor intimidad. Es allí donde el remake encuentra su mejor argumento artístico. La presencia física de los actores aporta una fragilidad diferente y permite que algunas escenas emocionales adquieran un peso nuevo.
También se agradece que la historia conserve una protagonista cuya evolución no depende de un romance. Moana no necesita encontrar pareja, ser rescatada ni demostrar su valor ante un interés amoroso. Su viaje consiste en comprender su identidad, asumir su responsabilidad como líder y reconciliar el pasado explorador de su pueblo con las necesidades del presente.
El conflicto final también conserva una idea poco común dentro del cine familiar. El adversario no es simplemente una criatura malvada que debe ser destruida. Es una herida que debe ser comprendida y reparada. Moana triunfa porque observa con empatía aquello que los demás interpretan como una amenaza. Ese mensaje sigue siendo poderoso y continúa diferenciando la película de muchas aventuras construidas únicamente alrededor de la violencia.
La nueva Moana funciona porque la historia original ya era excelente. Tiene canciones memorables, personajes atractivos, humor, emoción y una protagonista extraordinaria. Esta versión reproduce todas esas fortalezas con profesionalidad y un elenco comprometido. El público joven que descubra la historia por primera vez probablemente quedará fascinado.
Sin embargo, también confirma el problema fundamental de los remakes de Disney. Cuando una película copia con tanta precisión a su modelo, el resultado puede ser agradable, pero difícilmente imprescindible. Thomas Kail ofrece una adaptación respetuosa, divertida y visualmente competente, aunque nunca encuentra una razón artística completamente convincente para reemplazar la libertad expresiva de la animación.
Moana sigue siendo una gran historia. Esta nueva versión sabe contarnos exactamente por qué. Lo que nunca consigue explicar es por qué necesitábamos escucharla de nuevo tan pronto.
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