Vivimos tiempos en los que la intolerancia parece abrirse paso con demasiada facilidad. Situaciones que antes nos sorprendían hoy pasan frente a nosotros como si fueran normales: discusiones violentas en la calle, agresiones en espacios públicos, insultos constantes en redes sociales y una creciente incapacidad para escuchar al otro sin convertir la diferencia en enfrentamiento. Lo preocupante no es solo que ocurran estas cosas, sino que poco a poco nos hemos acostumbrado a ellas.
La violencia ya no distingue espacios ni víctimas. Se manifiesta en una cancha deportiva, en el tránsito, en el hogar y en instituciones que deberían ser refugio. Los feminicidios siguen siendo una herida abierta en nuestra sociedad, y la muerte de adolescentes en lugares donde deberían estar seguros nos obliga a preguntarnos qué estamos construyendo como comunidad. Las redes sociales, lejos de ayudar, muchas veces convierten el sufrimiento ajeno en contenido para compartir y comentar, haciendo que la crueldad llegue más lejos y dure más tiempo.
El sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman (1925–2017) describió nuestra época como una sociedad donde todo parece volverse frágil y temporal, incluso las relaciones humanas y el compromiso con los demás. Nos hemos acostumbrado a reaccionar rápido, opinar rápido y olvidar rápido. Y en medio de esa velocidad, vamos dejando de lado valores básicos como la empatía, el respeto y la capacidad de ponernos en el lugar del otro.
Frente a esto, vale la pena recordar principios que siguen teniendo vigencia. Nuestra propia bandera lleva la Biblia como símbolo, y en ella aparece una enseñanza sencilla pero profunda: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:31). Más allá de la fe de cada persona, es un llamado a tratar al otro con humanidad.
Recuperar la tolerancia y la convivencia pacífica no es una responsabilidad exclusiva del Gobierno ni algo que pueda resolverse únicamente desde las instituciones. También depende de cada ciudadano, de la educación que damos en nuestros hogares, de cómo reaccionamos ante las diferencias y de la forma en que tratamos a quienes nos rodean. Cuando una sociedad deja de valorar la vida y la dignidad humana, tarde o temprano termina afectándose a sí misma.
A.Estévez
