En la República Dominicana, la pelota nos une con fuerza irresistible: cuando juega la selección, el himno nacional apaga las banderas partidarias, las calles se vacían y el país entero late al ritmo de un pitcheo o un jonrón. Tigres y Leones, barrios y palacios, gobierno y oposición olvidan sus diferencias y se abrazan con la misma franela tricolor, gritando juntos “¡vamos Dominicana!”.
El béisbol es el único terreno donde emerge lo mejor de nosotros: orgullo, solidaridad y un sentido profundo de ser uno solo.
En cambio, la política nos divide como filo afilado: descalificaciones, promesas rotas y trincheras ideológicas parten familias, rompen amistades y convierten al vecino en enemigo. Mientras el diamante nos enseña a competir con pasión sin destruir al otro, la urna nos reduce a bandos irreconciliables. Ojalá la política aprendiera del béisbol esa capacidad de unirnos por algo mayor, para que algún día podamos gritar juntos, no solo por un out, sino por un país entero.
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