En la República Dominicana de hoy, la vocación de servicio encarna a quienes asumen cargos públicos con humildad genuina, priorizando el bien común, la transparencia y soluciones concretas para la gente. Esta actitud —asociada cada vez más a liderazgos jóvenes y renovadores— se traduce en resultados visibles, eficiencia y respeto al dinero del pueblo, sin buscar enriquecimiento ni perpetuarse en el poder. Es el camino que reconstruye la confianza ciudadana.

Por el contrario, la vocación de poder convierte la política en negocio personal: acumular riqueza, privilegios y redes clientelares a costa del Estado. Heredada de décadas de corrupción, esta mentalidad se sostiene con cuotas partidarias ilegales, nepotismo y abuso de recursos públicos, perpetuando la brecha entre gobernantes y gobernados. Mientras el servicio construye patria, el poder la desangra. La renovación urgente del país exige premiar la primera y erradicar la segunda sin contemplaciones.