En la República Dominicana hemos perfeccionado un mecanismo de supervivencia que, aunque efectivo a corto plazo, termina siendo profundamente perjudicial para el país: ante cada problema colectivo, buscamos una solución individual. El servicio público de salud es deficiente, entonces pagamos una consulta privada; la educación pública no prepara, entonces buscamos colegio pagado o clases particulares; la basura no se recoge, entonces compramos un camión para llevársela nosotros mismos.
Esta respuesta pragmática, casi heroica en lo personal, tiene un efecto devastador a nivel colectivo: aliviando la presión sobre el sistema, también elimina el incentivo para que el Estado lo mejore.
Mientras cada quien “se busca lo suyo”, los gobiernos encuentran la excusa perfecta para no asumir responsabilidad. ¿Para qué invertir seriamente en salud pública si la clase media y alta ya se atiende en clínicas privadas? ¿Para qué mejorar el transporte colectivo si muchos ya tienen su carro o su moto? Esta dinámica perversa convierte la precariedad colectiva en negocio privado y la indignación pública en resignación silenciosa. Mientras no dejemos de pagar el costo individual de los problemas colectivos, seguiremos condenados a tener instituciones públicas de tercera categoría y un Estado que nunca se siente suficientemente presionado para cambiar.
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